LA AMANECIDA Letra: Hamlet Lima Quintana Música: Mario Arnedo Gallo Interpretes: Jaime Torres, Ricardo Mollo y Diego Arnedo
Monte de soledad nos vamos bebiendo el día. Y un andar por las tierras salobres de lágrimas perdidas.
Ya no puedo decir que el viento es pan de horizonte; ni acercar la mañana a mi boca, labios carne de cobre.
Voy tentando un aclarar sobre el vacío del sol. Y esta zamba que canta y me nombra me llora entre las manos. Y esta zamba que canta y me nombra tiene un grito en el final.
Luz de un amanecer quiere florecer mi boca. Mi piel suena en un parche reseco, canta sobre las hojas.
Mi piel suena en un parche reseco, canta sobre las hojas.
Voy tentando un aclarar sobre el vacío del sol. Y esta zamba que canta y me nombra me llora entre las manos. Y esta zamba que canta y me nombra tiene un grito en el final.
Comenzó su carrera musical a los siete años, al ser escuchado
por Raúl Lavié en un homenaje a San Martín realizado en su colegio.
La soledad se hace carne en mí y la noche parece un desierto pero llegas tu con tu inmensa luz y te declaras dueña de mis sueños.
El tiempo viste un color azul parecido a un suspiro del cielo de solo saber que te voy a ver y a regalarte todos mis momentos
Vas a verme llegar vas a oír mi canción vas a entrar sin pedirme la llave la distancia y el tiempo no saben la falta que le haces a mi corazón Vas a verme llegar vas a oír mi canción vas a entrar sin pedirme la llave la distancia y el tiempo no saben la falta que le haces a mi corazón
La soledad se hace carne en mi y la noche parece un desierto hoy pero llegas tu con tu inmensa luz y te declaras dueña de mis sueños siempre
El tiempo viste un color aaaazul pareciiiiido a un suspiro del cielo de solo saber que te voy a ver y a regalarte todos mis momentos
Vas a verme llegar vas a oír mi canción vas a entrar sin pedirme la llave la distancia y el tiempo no saben la falta que le haces a mi corazón
Vas a verme llegar vas a oír mi canción vas a entrar sin pedirme la llave la distancia y el tiempo no saben la falta que le haces a mi corazón Por que puedo callar mis palabras y escucharte en el viento hablar por que puedo soñar para verte y tenerte aún sin soñaaaaar Vas a verme llegar vas a oír mi canción vas a entrar sin pedirme la llave la distancia y el tiempo no saben la falta que le haces a miiiii corazón
Si vas a verme llegar vas a oír mi caaanción y vas a entrar sin pediiiirme la llave la distaaancia y el tiempo no saben la falta que le haces a miiiii coooorazón...
El poeta modernista Rubén Darío, cuyo nombre era Félix Rubén García Sarmiento, nació en Metapa, Nicaragua en 1867 y murió en León de Nicaragua en 1916.
Una de las poesías, representativas de su etapa de madurez literaria, fue recopilada después de su muerte y publicada en Mundial Magazine en 1913:
" Los motivos del lobo "
El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y dulce Francisco de Asís, está con un rudo y torvo animal, bestia temerosa, de sangre y de robo, las fauces de furia, los ojos de mal: el lobo de Gubbia, el terrible lobo, rabioso, ha asolado los alrededores; cruel ha deshecho todos los rebaños; devoró corderos, devoró pastores, y son incontables sus muertes y daños.
Fuertes cazadores armados de hierros fueron destrozados. Los duros colmillos dieron cuenta de los más bravos perros, como de cabritos o de corderillos.
Francisco salió: al lobo buscó en su madriguera. Cerca de la cueva encontró a la fiera enorme, que al verle se lanzó feroz contra él. Francisco, con su dulce voz, alzando la mano, al lobo furioso dijo: ¡Paz, hermano lobo! El animal contempló al varón de tosco sayal; dejó su aire arisco, cerró las abiertas fauces agresivas, y dijo: ¡Está bien, hermano Francisco! ¡Cómo! exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas de horror y de muerte? ¿La sangre que vierte tu hocico diabólico, el duelo y espanto que esparces, el llanto de los campesinos, el grito, el dolor de tanta criatura de Nuestro Señor, no han de contener tu encono infernal? ¿Vienes del infierno? ¿Te ha infundido acaso su rencor eterno Luzbel o Belial? Y el gran lobo, humilde: ?¡Es duro el invierno, y es horrible el hambre! En el bosque helado no hallé qué comer; y busqué el ganado, y en veces comí ganado y pastor. ¿La sangre? Yo vi más de un cazador sobre su caballo, llevando el azor al puño; o correr tras el jabalí, el oso o el ciervo; y a más de uno vi mancharse de sangre, herir, torturar, de las roncas trompas al sordo clamor, a los animales de Nuestro Señor. Y no era por hambre, que iban a cazar. Francisco responde: En el hombre existe mala levadura. Cuando nace viene con pecado. Es triste. Mas el alma simple de la bestia es pura. Tú vas a tener desde hoy qué comer. Dejarás en paz rebaños y gente en este país. ¡Que Dios melifique tu ser montaraz! Está bien, hermano Francisco de Asís. Ante el Señor, que todo ata y desata, en fe de promesa tiéndeme la pata. El lobo tendió la pata al hermano de Asís, que a su vez le alargó la mano. Fueron a la aldea. La gente veía y lo que miraba casi no creía. Tras el religioso iba el lobo fiero, y, baja la testa, quieto le seguía como un can de casa, o como un cordero.
Francisco llamó a la gente a la plaza y allí predicó. Y dijo: He aquí una amable caza. El hermano lobo se viene conmigo; me juró no ser ya nuestro enemigo, y no repetir su ataque sangriento. Vosotros, en cambio, daréis su alimento a la pobre bestia de Dios. ¡Así sea!, contestó la gente toda de la aldea. Y luego, en señal de contentamiento, movió testa y cola el buen animal, y entró con Francisco de Asís al convento.
*
Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo en el santo asilo. Sus bastas orejas los salmos oían y los claros ojos se le humedecían. Aprendió mil gracias y hacía mil juegos cuando a la cocina iba con los legos. Y cuando Francisco su oración hacía, el lobo las pobres sandalias lamía.
Iba por el monte, descendía al valle, entraba en las casas y le daban algo de comer. Mirábanle como a un manso galgo. Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo, desapareció, tornó a la montaña, y recomenzaron su aullido y su saña. Otra vez sintióse el temor, la alarma, entre los vecinos y entre los pastores; colmaba el espanto los alrededores, de nada servían el valor y el arma, pues la bestia fiera no dio tregua a su furor jamás, como si tuviera fuegos de Moloch y de Satanás.
Cuando volvió al pueblo el divino santo, todos lo buscaron con quejas y llanto, y con mil querellas dieron testimonio de lo que y perdían y sufrian tanto por aquel infame lobo del demonio.
Francisco de Asís se puso severo. Se fue a la montaña a buscar al falso lobo carnicero. Y junto a su cueva halló a la alimaña. En nombre del Padre del sacro universo, conjúrote dijo, ¡oh lobo perverso!, a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal? Contesta. Te escucho. Como en sorda lucha, habló el animal, la boca espumosa y el ojo fatal: Hermano Francisco, no te acerques mucho... Yo estaba tranquilo allá en el convento; al pueblo salía, y si algo me daban estaba contento y manso comía. Mas empecé a ver que en todas las casas estaban la Envidia, la Saña, la Ira, y en todos los rostros ardían las brasas de odio, de lujuria, de infamia y mentira. Hermanos a hermanos hacían la guerra, perdían los débiles, ganaban los malos, hembra y macho eran como perro y perra, y un buen día todos me dieron de palos. Me vieron humilde, lamía las manos y los pies. Seguía tus sagradas leyes, todas las criaturas eran mis hermanos: los hermanos hombres, los hermanos bueyes, hermanas estrellas y hermanos gusanos. Y así, me apalearon y me echaron fuera. Y su risa fue como un agua hirviente, y entre mis entrañas revivió la fiera, y me sentí lobo malo de repente; mas siempre mejor que esa mala gente. y recomencé a luchar aquí, a me defender y a me alimentar. Como el oso hace, como el jabalí, que para vivir tiene que matar. Déjame en el monte, déjame en el risco, déjame existir en mi libertad, vete a tu convento, hermano Francisco, sigue tu camino y tu santidad.
El santo de Asís no le dijo nada. Le miró con una profunda mirada, y partió con lágrimas y con desconsuelos, y habló al Dios eterno con su corazón. El viento del bosque llevó su oración, que era: Padre nuestro, que estás en los cielos...
Todo ha sido ya escrito, acerca de la trayectoria profesional de este, tan admirado, cantante, poeta y compositor. Lo único que nos queda, a quienes admiramos el don que Dios le dió, es, escuchar sus canciones y deleitarnos con sus metafóricas letras, cuyos poemas, hechos canción son inigualables.
Aquí, como podrás observar tienes varias versiones de esta bella composición. ¿Cual es la de tu agrado?